martes, 4 de octubre de 2011

Una mirada inocente

Ese día de octubre lo recuerdo bien, el día no había comenzado muy bien para mí,  ya que mi despertador no había sonado a la hora que era de costumbre para llegar a tiempo al trabajo. Cuando me levante, vi el reloj y me di cuenta que ya era demasiado tarde, me levante lo más rápido que pude, no me dio tiempo de bañarme, pero si para tomarme lo más rápido posible una taza de café negro para alivianar mis sentidos, me puse mi traje y la misma camisa que había traído el día de anterior, salí corriendo, casi tropezándome con los escalones de la escalera del departamento, tomé un taxi y llegue a mi trabajo 1 hora tarde y resultaba que ese día teníamos una junta importante.


Ya dentro de esa reunión de jefes de la empresa yo tenía que dar una presentación acerca del nuevo producto que teníamos que hacer que la gente comprara. Así es yo era un publicista de una pequeña empresa que iba en aumento, bueno así nos lo hacían creer los del alto mando. Se suponía que yo era bueno en eso, pero en verdad lo detestaba.  Odiaba la forma en que era bueno para hacer que la gente comprara cosas insignificantes y sin sentido, pero tenía que hacerlo para vivir.
Salimos de la junta y los jefes estaban asombrados con mi idea. Una idea bastante patética diría yo, que hasta ellos se la comieron. Hice algo de papeleo en mi pequeña oficina, cheque mi mail, y navegue un poco por las redes sociales que había. Dio la hora de mi salida y salí del edificio y llame un taxi, cuando se paro y abrí la puerta, me quede pensando y solamente dije – disculpe, mejor caminare, gracias. Y así fue, caminaría 15 manzanas completas para llegar a mi departamento.


Caminaba cuadra tras cuadra, tarareando la música que escuchaba en mi ipod. Esperaba a que cambiara de luz el semáforo para que los carros nos dejarán pasar hacía la otra acera, ese momento fue perfecto para sacar un cigarrillo de la cajetilla que llevaba en mi bolsillo y encenderlo. En el momento en que levante la cara para ver del otro lado de la calle, mi mirada se percato de la chica más linda que había visto en mi vida, era blanca, grandes ojos color miel, con pecas, cabello negro y largo, y tenía una mirada tan inocente que me hizo que mis ojos borran a las demás personas y solo enfocarse en ella.


Cuando cambio el semáforo y pudimos pasar los de las aceras, camine siempre mirándola sin perderla de vista, mientras ella tomaba fotos de la ciudad con su cámara algo vieja, ella se dio cuenta que la miraba y cuando paso cerca de mi me tomo una foto, sonrío y siguió su camino, por mi parte yo seguí el mío, pero siempre recordando esa mirada inocente y esa risa que me regalo para recordarla para siempre.


Llegue a mi departamento, tire mi bolso de hombre y mi saco en la silla al lado de la puerta de entrada, me afloje la corbata y me tire a mi cama solo viendo el techo, imaginaba la cara de esa chica, su risa, sus ojos color miel, su cabello, sus pecas. En ese momento me dieron ganas de hacer algo que hace años que no hacía y era algo donde era bueno, era dibujar, me levante corriendo a mi closet y en una caja con polvo detrás de todas las cosas saque mi libreta de hojas blancas donde solía dibujar, me senté en mi pequeño escritorio y empecé a dibujar con mi pluma del trabajo.


Pasé una hora dibujando y cuando termine y vi mi dibujo, era simplemente como lo tenía en mi cabeza, era esa pequeña memoria que había guardado, era esa chica que había visto hace horas atrás. Mi dibujo era como una pequeña fotografía de ella. Hice todo lo que tenía que hacer ese día, lavar mi ropa ya que era miércoles y como no había lavado la semana anterior ya no tenía ropa limpia que usar. Mientras veía como se lavaba mi ropa, seguía pensando en esa chica, ¿por qué una chica a la cual no conozco me hace pensar en ella como loco?, tal vez su propia naturaleza de ser ella misma me hizo hundirme en ella sin haberla conocido, o simplemente mi misma naturaleza auto-destructiva por enamorarme de lo imposible.


Termine de lavar mi ropa así que cuando llegue a mi casa mientras doblaba mi ropa y guardaba, decidí llamar para que me trajeran una pizza para cenar. Termine de cenar, tire las basura en su lugar, me lave los dientes y la cara y me dispuse a dormir. Cuando desperté al día siguiente ya con ese sonido repetitivo y estresante que era mi despertador, recordé un sueño que tuve, bueno solo eran la imagen de cuando conocí a esa chica, una y otra vez en mi cabeza. Esta vez con más tranquilidad tuve tiempo para bañarme, arreglarme, desayunar y lavarme los dientes y salir al trabajo que tanto odiaba.


Lo común, lo típico que hacía en mi trabajo, lo hice ese día, solo que ese día al salir del trabajo tenía un hambre terrible así que fui a un restaurant cerca de mi trabajo. Ordene un sándwich de pavo con papas fritas y un refresco, mientras comía y leía mi libreta pequeña en la cual escribía cosas que se me vinieran a la cabeza, decidí mirar hacía la ventana y mi sorpresa fue que ¡ahí estaba!, era ella, sus pecas, sus ojos color miel, su mirada inocente, su cabello largo y negro. Di un bocado grande al último pedazo de emparedado y un trago rápido a mi refresco, deje el dinero sobre la mesa y ni si quiera supe si era el suficiente. Salí apresurado del restaurant y alcance a verla a lo lejos, ella me vio, y me volvió a sonreír, apreté el paso pero la perdí entre la multitud que salía de la parada del metro.


Me lamente haberla perdido de vista, así que tomé un taxi directo a mi departamento y solo miraba por la ventana tratando de encontrarla caminando por la acera de casualidad, pero no fue así, le pague al taxista y subí al 5to piso del edificio donde vivía, ese era el piso donde se encontraba mi departamento. Como tenía trabajo extra me dispuse a hacerlo mientras comía unas pequeñas galletas con queso philadephia, cuando me di cuenta de la hora a la que había terminado mi trabajo, era hora ya de dormir y seguía lamentándome. Caí profundamente dormido pensando en la nueva imagen que tenía de ella en mi cabeza, y que parecía que ella ya tenía una pequeña caja donde quedarse dentro de mi memoria.


Otra vez desperté para ir a ese trabajo de mierda que me tenía estresado, pero por un momento no pensé en el trabajo que tenía que hacer o en el que tenía que traerme o simplemente en pensar nuevas ideas para innovar la venta de esos productos tan patéticos que no se vendían y que gracias a trucos publicitarios se vendían, pensaba en ella esa chica con sus pecas, ojos color miel, cabello negro y mirada inocente, me levante de mi cama, me bañe, desayune, cepille mis dientes y me puse mi mejor traje, un traje entallado con una camisa blanca y una corbata delgada de color azul, me sentía tan en paz que no me molestaba ir a la estúpida empresa sabiendo que pudiera encontrarme con esa chica .

Salí y a tomar un taxi, parecía que ese día ningún taxi quería pararse o iban con personas dentro, así que decidí caminar mientras encontraba un taxi que se parase o que no llevara gente. Camine como 5 cuadras y no encontraba taxi que me llevara. Cuando me resigne, fue cuando fui a la parada del camión a esperar a que pasara, en el momento en que llegó y estuve a punto de subirme en el, vi esa cara angelical, que caminaba por la acera de la siguiente cuadre con su cámara tomándole fotos a los edificios viejos, baje el escalón que había subido para entrar en el camión y fui caminando donde ella iba caminando con una sonrisa en su rostro.


Me acercaba a ella, tan cerca que podía oler su perfume, un perfume tan suave y dulce que dejaba por donde ella pasaba. Ella solo miraba de reojo hacía atrás, supongo que sentía que la seguían y cuando vio que era yo, simplemente sonrío y siguió caminando, cuando llegamos a un pequeño parque lleno de arbole grandes y de personas corriendo, patinando, sentados leyendo u otros solo de pasada. Ella volteó a verme, me tomo un fotografía, sonrío  y siguió caminando por el parque, me quede atónito, cuando recobre el sentido ella se alejaba corriendo y riendo, corrí para alcanzarla y ella solo reía, cuando entramos más al parque, donde había más follaje de los arboles, ella simplemente se paro y fue cuando pude recobrar un poco de mi aliento apoyando mis manos en mis rodillas, mi corazón agitado por la corrida, el frío y ella.


Me acerque y le dije con voz entre cortada por la falta de aire que me faltaba. – ¿Quién eres?, ¿Por qué cada vez que te veo mi cuerpo se eriza? , ¿Por qué pienso en ti, sin haberte conocido? Ella solo hizo esa pequeña mueca de nerviosismo con una risa pícara pegada a ella y por fin hablo, con un tono de voz suave e inocente y dijo. –Me llamo Ana Paula, y me gustaría salir contigo esta noche. Al escuchar eso me quede sorprendido por la seguridad que tenía, y pregunte. - ¿Cómo accedes a salir con un tipo que aún no conoces, pudiendo ser un secuestrador o un asesino en serie? Ella soltó una pequeña risa y dijo. – No tienes cara de secuestrador o de asesino, y simplemente siento que debería salir contigo. Tomó mi bolso y saco mi pluma, remango mi saco y mi camisa y anoto una dirección en mi antebrazo y dijo suavemente y con una mirada sensual y a la vez inocente. – Veme ahí a las 8 de la noche. Y se dio la vuelta alejándose caminando de mi, y algo en mi hizo que no fuera con ella, que controlara, así que no fui tras ella.


Así que llegué al trabajo un poco tarde y me senté en mi oficina pensando en ella, otro recuerdo de ella que guardaba en su caja dentro de mi memoria. Hice mi trabajo lo más rápido que pude para salir antes, no hacía caso cuando me hablaban para platicarme de los nuevos chismes que había dentro de la empresa o esas ideas que ellos tenían para vender cierto producto, simplemente me senté en mi escritorio y me puse a trabajar, pero no dejaba de pensar en Ana, en sus ojos de miel, en sus pecas, ¡por dios! Sus ¡pecas!, eran mi constelación favorita.


Cuando llego la hora de salida, ignore a todos y huí de esa pequeña cárcel que me tenía encerrado por 8 horas diarias, pero salía feliz, o tal vez no feliz, simplemente emocionado, ansioso, sin saber que pasaría, ¡conocería a Ana esa noche!, me sentía tan seguro, es que sin conocerla sabía que era perfecta, y en el fondo de mi ser el miedo al amor me daba una cierta incertidumbre, una duda, ¿por qué ella estaba tan segura? ¿Qué trasmitía yo para que se sintiera segura? No estaba seguro de nada con ella, pero eso hacía que me interesara más y más.
Así que tomé un taxi y le di la dirección al chofer para que me llevara a donde Ana me había dicho que la viera, durante el viaje a ese lugar que no conocía, lejos del centro de la ciudad donde vivía, me la pasaba repasando las imágenes de su sonrisa que había guardado en mi cabeza, y el solo pensar que pronto la vería me hacía que me diera un pequeño dolor en el estomago, no un dolor feo, si no un dolor agradable. El taxista dijo. – Ya llegamos, hijo, son $49.50. Le di uno de $50 y me baje del carro, el solo ver el barrio donde acababa de llegar, me hacía dudar que fuera la dirección correcta.


Mire mi brazo para leer la dirección y si, era la dirección correcta, miraba al edificio que se suponía que era el correcto, pero no me animaba a tocar el timbre del departamento que estaba anotado en mi brazo, volteé para los lados de la acera y vi que venían unos chicos y chicas con bolsas de papel, donde parecía que traían botellas de alcohol, subieron los cuantos escalones para apretar un timbre, ellos lo oprimieron y por el pequeño altavoz escuche la voz de Ana que decía con una dulce voz, tal como la había conocido. -¿Quién?, ah sí, pasen. Y después que ella dijo eso, sonó un pequeño chillido de la puerta, ellos empujaron la puerta y entraron riendo y hablando fuerte.


Corrí para alcanzar que la puerta no se serrase y así poder entrar, subía las escaleras con lentitud como si no quisiera llegar, pero aún así seguía subiendo hasta el 4to piso, tengo que decir que el edificio era muy viejo y sucio, pero muy clásico. Cuando llegue al piso correcto vi como los chicos y chicas que habían entrado con anterioridad les abrían la puerta y los recibía Ana, ella misma, con su mirada y sonrisa hermosa, cuando dejó pasar a esos chicos bien vestidos con sus pantalones entallados, camisas de un color, sacos pegados y ellas con sus faldas pequeñas con medias negras y blusas cortadas del cuello para que vieran el color del tirante de tu brassier.


Alcanzo a mirarme antes de cerrar la puerta y sonrió al verme solo parado al lado de la escalera como si fuera una clase de idiota con miedo a entrar, e hizo una seña con su mano diciéndome que entrara con una gran sonrisa como si ella se alegrara que yo estuviera ahí, como si esperara mi llegada, algo que me lleno de un calor dentro de mi estomago, era lindo ese calor.


Al entrar a esa departamento, me di cuenta que el interior era muy diferente, a todo el edificio, estaba limpio, bueno un poco desordenado pero limpio al final, en las paredes se encontraban demasiadas fotografías pegadas, un montón de figuras de unicornios o caballos, además de eso me di cuenta que los que estaban en esa fiesta, todos eran pareja o estaban emparejados, pasamos por en medio de todos los que se estaban besando o platicando y bebiendo.


Llegamos a lo que parecía su habitación y sin decir nada empezó a besarme y a quitarme la ropa, yo solo me hice un paso hacia atrás y dije. – ¿qué pasa? Ella solo dijo. - Aún no te quiero conocer, quiero tener sexo contigo sin saber tu nombre. Y se desprendió de su vestido delgado que llevaba puesto, así pudiendo ver su cuerpo desnudo, en un segundo yo estaba arrancándome de mis prendas lo más rápido posible y ella reía por lo torpe que me quitaba mi ropa y tropezaba con mis pantalón a medio quitar.

Ya cuando los dos estábamos completamente desnudos y bajo las sabanas todo el tiempo se detuvo, hicimos de un momento algo eterno, nos besábamos con tanta pasión como si fuéramos amantes de hace mucho tiempo, nuestro cuerpos desnudos juntos eran una llama de amor que incendiaba la cama, dos cuerpos tratando de fundirse con el calor que emanábamos. Estimulaba cada una de las terminaciones nerviosas de sus piernas y cuello, sentía las contracciones de su cuerpo al tocarla con mis dedos, escuchaba su fuerte respirar y el aumento de los latidos de su corazón, ella abrazaba mi cuerpo y humedecía mis labios con los suyos. Era un desborde de pasión que el mismo infierno no soportaría tanto calor de la cama donde lo hacíamos. Aumentábamos la velocidad del vaivén para poder cruzar esa montaña transparente del orgasmo, y al último las melodías de nuestros gemidos unidos como una canción galáctica.


Terminamos tan exhaustos, mirando al techo, buscando  el aire que nos habíamos regalado en el desborde carnal que habíamos sido parte. Ella recostó su cabeza en mi pecho y su mano en mi abdomen acariciaba mi ombligo, y en un suspiro me dijo. – Esto terminara mal, ¿lo sabes?, soy muy complicada, de algún modo sé que lo arruinare y te hare daño, así que si estás dispuesto a irte, lo comprenderé. Lo dijo tan sinceramente y tan inocente que yo solo dije. – Aún cuando me lo advertiste, tomaré el riesgo, y no importa que tan complicada seas, puedes complicarme la vida. Y así fue lo último que nos dijimos esa noche y caímos realmente cansados, dormidos, ella en mi pecho y yo abrazándola.


Me desperté a la mañana siguiente por el sonido de botellas de vidrio chocando entre sí y el ruido de muebles siendo arrastrados, y cuando abrí primero un ojo para que se acostumbrara a la luz, vi a Ana limpiando su departamento, ya que lo habían dejado todo sucio, ella levantaba las botellas vacías y vasos rojos aplastados o tirados, se veía tan linda recogiendo, llevaba mi camisa azul que me había puesto para el trabajo el día anterior y unos bóxer muy cortos y pegados que hacían que suspirara.


Ella volteo y sonrío y dijo. – Al fin te levantas dormilón, apenas acabe de recoger y te preparo de desayunar, así que ¿Por qué no me ayudas a limpiar para comer más rápido? Ándale guapo. Me levante, me enrede la sabana para recoger mi ropa que estaba regada por el cuarto, me puse mis bóxer y mis pantalones y empecé a limpiar. Cuando acabamos de limpiar y acomodar todo ella dijo con una voz dulce y juvenil. – Vamos, hagamos de desayunar. Yo solo mostré una mueca de risa y dije que si.


Ana hacía unos huevos revueltos y freía tocino, mientras yo solo estaba sentado en la barra observándola, valla que se veía sexy y muy linda a la vez, cantaba y tarareaba “Sugar, sugar” de los Archies y meneaba la cintura de una manera divertida y sensual. Ya mientras comíamos ella mirándome pregunto con un poco de comida en su boca, aún masticando. - ¿Cómo te llamas? Yo la mire y levante una ceja y sonriendo dije. – Me llamo Armando. E hice un alemán con la mano como s fuera árabe, solo era bromeando ya que no era árabe o seguía una religión, solo creía en un dios pero no pertenecía a ninguna religión.

Ya terminando de desayunar, los dos limpiamos la cocina y lavábamos los trastes sucios, ella los lavaba y yo los secaba y ponía en su lugar. Yo sentía un calor interno muy agradable, no eran nervios, era felicidad, simple felicidad que ocultaba la mierda de vida que había llevado hasta antes de conocer a Ana. Era raro todo esto lo que sentía con ella, aún no la conocía y podía confiar en ella a ciegas.


Ana salió de la habitación dirigiéndose a su recamara y sacando una maleta y empezando a guardar sus cosas, siempre con una mirada inocente pero esta vez tenía una mueca de decepción, como si no quisiera hacer lo que tenía que hacer. Pregunte repentinamente y con desconcierto – ¿A dónde vas? ¿Por qué empacas? Ella solo rio un poco y dijo con voz melancólica – Tengo que irme, solo estaría aquí 2 semanas y mi camión sale en 3 horas y aún no empaco nada, lo siento, de verdad lo siento, pero la pasamos bien y todo pero no puedo quedarme más aquí, soy una nómada, y necesito cambiar a diario de rutina, es algo que me alivia, algo que me hace sentir viva.


La idea que ella se marcharía era como un rayo atravesándome el pecho, simplemente doloroso y rápido. Decidí ayudarle a empacar, era un silencio incomodo, solo articulábamos palabras como, pásame el periódico para envolver estos platos, dame esa caja, la cinta ¿dónde está? Al final de empacar ella y yo salimos del edificio y ya un taxi la estaba esperando, la ayude a subir sus maletas y cajas. Ana subió al taxi pero se devolvió solo para darme un gran beso, fue como si todo lo que sentíamos y las palabras que no pudimos decir salieran entre la saliva y la lengua de aquel beso eterno.


Subió al taxi y se fue de mi vida tal como entro en ella, repentinamente. Miraba a por la ventana trasera del taxi, solo veía su dulce mirada inocente, sus grandes ojos miel  y su pelo largo y negro, sabía que esa imagen se quedaría guardada en mi cabeza. Me aleje caminando en el frio en sentido contrario al que el taxi había tomado, el aire me congelaba la cara y mientras fumaba uno de mis cigarrillos iba simplemente pensando si la volvería a ver, si volvería a sentir ese calor interno, esa felicidad, esa alegría que ella me había dado, pero era feliz al haberla conocido.


Y así fue como encontré algo cercano al amor que solo duro un día, pero aún así no cambiaría ese día por ningún otro, me quede con el recuerdo de olor, sus ojos, su cabello y me reconforta haberla tenido un día, un miserable día, pero el más feliz de vida.

Hugo Elías Chávez Treviño

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